Estudio y formación: Derechos humanos durante el encierro

Mauricio Andino tiene 25 años y pasó los últimos cinco en prisión. Allí terminó sus estudios secundarios y este año empezó a cursar la carrera de Trabajo Social de la Universidad Nacional de Rosario. Cuando recupere la libertad quiere trabajar con adolescentes en situación de vulnerabilidad para evitar que “caigan”, como le sucedió a él. Al educarse adquirió conocimientos y siente que ahora puede proyectar un futuro mejor. Pero sobretodo, lo ayudó a soslayar un sistema penitenciario que “te desgasta y te va sacando esperanza”.

Las cifras no mienten: el 85 por ciento de los detenidos que realiza alguna actividad cultural o estudia una carrera, no reincide en el delito cuando sale en libertad. Así lo demuestra el último informe anual de la Procuraduría Penitenciaria de la Nación.

Desde la vuelta a la democracia hasta el día de hoy se crearon diferentes proyectos educativos y culturales con el fin de reinsertar social y laboralmente a las personas que, por diferentes motivos, se encuentran privados/as de su libertad. Especialistas consideran que estos proyectos son herramientas para dejar atrás la delincuencia una vez que los y las internos/as cumplen su condena.

Macarena Fernández Hofmann, investigadora del equipo de Política Criminal y Violencia en el Encierro del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) afirma que las condiciones de detención son alarmantes y generan situaciones de tensión en la población carcelaria: “Las celdas son frías, no hay suficiente camas ni colchones, no tienen atención médica, tampoco acceso a medicamentos”. Asimismo, explica que lo que ocurre con los talleres culturales es la presencia de otras personas del afuera y eso es fundamental para disminuir la violencia. “Si no hay actividad, hay tiempo muerto. Los y las internos/as se enganchan a participar porque lo sienten como un cable a tierra y porque rompe con la lógica de absolutismo que se impone en las cárceles”.

En 1986 se creó el programa de extensión universitaria para cárceles UBA XXII. Marta Laferriére fue la fundadora y directora del programa. Para ella la idea siempre fue abrir un espacio donde se pudiera ejercer un derecho: estudiar. “No queríamos simplemente que la gente se inscriba o entregarles material, sino llevar la Universidad de Buenos Aires a la cárcel,crear un espacio de libertad dentro de ella. Que ese espacio muerto se convierta en algo vivo”, dice.

Al primer alumno se le sumaron dos compañeros y el trío se convirtió en el primer grupo de estudiantes de lo que hoy es el Centro Universitario Devoto(CUD) de la UBA. En la actualidad el CUD tiene doce aulas, una de computación, un salón de actos, sala de profesores, cocina y una biblioteca. Los estudiantes concurren a clase desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde. El programa se inició en Devoto, pero inmediatamente buscó expandirse hacia otros penales. UBA XXII actualmente funciona en la Unidad 2 de Devoto, para hombres adultos; en la Unidad 3 de Ezeiza, cárcel de mujeres; en la Unidad 31, también en Ezeiza, para madres con hijos, y en Marcos Paz.

Las facultades que participan de son las de Derecho, Ciencias Sociales, Psicología, Ciencias Económicas. La carrera más elegida es Abogacía (60%), seguida de Sociología y Contador Público. Según datos de 2016, el programa ya tuvo 3000 alumnos y 500 egresados, aunque la mayoría termina la carrera afuera.

Lucas Rubinich da clase en el CUD desde 1997. Opina que uno de los problemas más fuertes en la cárcel es la pérdida del sentido y el reforzamiento de la condición de detenido. Basándose en su propia experiencia, asegura que estudiar los hace enfrentarse consigo mismos, con sus experiencias dramáticas y traumáticas. “Se lo toman en serio porque es un espacio de libertad donde en muchos casos descubre un mundo nuevo”, cuenta.

También existen asociaciones como YO NO FUI, que brindan talleres de carpintería, periodismo, fotografía, poesía, técnicas de tejido y telar en la Unidad Penitenciaria Nº 31 de Ezeiza. Su impulsora es la escritora y poeta feminista María Medrano. Comenzó con un taller de poesía en el 2002. Recuerda la sensación de hermetismo que sintió al entrar a una cárcel por primera vez: “Para mí fue el descubrimiento de algo que hasta entonces no existía. Hasta ese momento no pensaba en la cárcel ni en la gente que estaba ahí, pero enseguida me encontré con un mundo encerrado en otro mundo, un lugar muy separado del resto de la vida”.

María define a YO NO FUI como un espacio para reflexionar “sobre nosotros mismos, trabajar la autoestima y sobre la identidad” – y agrega – “En un penal lo que hacen es desarmarte para que cuando te larguen, tengas que rearmarte solo. Es una búsqueda y una reconstrucción difícil. Estando encerrado se sufre mucho”.

Según los números de la Procuración Penitenciaria de la Nación, de las 72 mil personas presas en Argentina, solo 2900 son mujeres. Las destinatarias de YO NO FUI son generalmente cabeza de familia, tienen 3 o 4 hijos y mientras se encuentran en prisión siguen siendo el sostén de sus parientes. El delito más común por el que han sido penadas es la comercialización de droga. Varias de las alumnas de María le confesaron que frente a lo que les esperaba en el mundo exterior, preferían el infierno del penal. Fuera de la cárcel ya no habría techo, comida, horarios ni estructura alguna. En ese momento pensó: “Todo bien con la poesía, pero hay que generar laburo”.

Pasaron los años y YO NO FUI se transformó en una cooperativa en la que trabajan mujeres que recuperaron su libertad. Tiene dos sedes, una en Vicente López y otra en Palermo. Allí se encuentran los talleres de producción para la venta dentro del Mercado de Economía Solidaria. La intención es gestar proyectos de vidas propios, pero a la vez colectivos. “No podemos pensar a las personas como sujetos pasivos, sino con posibilidades de crear un arte en particular dentro de espacios de contención”, expresa.

La realidad parece indicar que la cárcel más que un espacio para la reeducación termina siendo la universidad del delito. Pero las distintas organizaciones trabajan día a día para brindar a los/as internos/as las posibilidades de reinserción social y laboral, enfocándose en erradicar la violencia diaria por un ámbito que les permita pensar en un futuro mejor. Más allá de la modalidad elegida, en todos los proyectos la clave está en no marginar a las personas detenidas y en motivar sus potenciales aptitudes. Se trata de ofrecerles la chance de cambiar esa idea de que entran mal y salen peor, y probar que pueden terminar de una manera diferente.

Reforma punitivista

A principios de julio, la Cámara de Diputados aprobó con modificaciones la reforma de la Ley Nacional 24.660 de Ejecución Penal, las cuales buscan imponer límites al beneficio de la libertad condicional para aquellos internos que hayan cometido determinados delitos graves, incluidos homicidio agravado, abuso sexual, secuestro extorsivo y narcotráfico.

El proyecto había sido impulsado a principios de este año por el Poder Ejecutivo, luego de la ola mediática a favor de la aplicación de “mano dura” hacia los presos, en medio de un clima propicio por el asesinato de Micaela García (21) por parte del femicida Sebastián Wagner, el último 8 de abril.

En Argentina, el 52 por ciento de los detenidos no tiene una condena firme y aproximadamente la mitad vuelve a reincidir. “Un desastre”, consideró el Procurador Penitenciario de la Nación, Francisco Mugnolo.

En una conferencia realizada en la Universidad de San Martín a mediados de agosto, distintos referentes de organizaciones sociales presentaron un documento conjunto en repudio a la sanción de esta reforma. “Evidentemente, estamos en un momento donde a la gente le importa más un pibe preso, como dijo el ex ministro Bullrich, que alguien estudiando o formándose. Lo que se hizo con esta reforma es obturar el acceso a los derechos de muchas personas, la posibilidad de educación y trabajo”, declaró Mario Juliano, integrante del Tribunal en lo Criminal y Correccional Nº1 de Necochea. Juliano preside la Asociación Pensamiento Penal y la ONG Víctimas por la Paz. Ambas instituciones entienden que la solución más adecuada es la pacificación de los/as detenidos/as a través de una formación educativa para una verdadera reinserción y la promoción de canales de convivencia.

“Es muy probable encontrar personas que hayan perpetrado crímenes gravísimos, a quienes no es conveniente anticiparles su libertad. Pero hay muchísimas otras que han cometido delitos de igual gravedad que cotidianamente hacen enormes esfuerzos por mejorar sus vidas, que aún en contextos dificultosos como el de las cárceles se empeñan por trabajar y estudiar. Este último grupo, va a quedar alcanzado por la nueva ley, que no contribuye a estimular el mejoramiento de los/as reclusos/as. Todo va a dar igual, y en este aspecto creo que es una reforma regresiva y negativa”.

La reforma a La Ley 24.660 de Ejecución Penal llegó para reforzar la manera en que funciona el Sistema Penitenciario: No existe predisposición para llevar adelante la integración de los presos y las presas a la sociedad.

Por Micaela Alberdi y Eleonora Porcel

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