Ser la hija de un milico

Lorna Milena forma parte del grupo Historia Desobedientes, hijas e hijos biológicos de personas acusadas de cometer crímenes durante la última dictadura militar. Heredera de un mandato de silencio, junto a sus compañeros busca transformar ese legado en justicia.


Lorna Milena milita por la memoria, la verdad y la justicia. Forma parte del colectivo Historias Desobedientes, hijos biológicos de genocidas y personas acusadas de crímenes cometidos durante la dictadura militar. El 7 de noviembre de 2017 presentaron un proyecto de modificación del Código Procesal Penal para poder denunciar y declarar contra sus progenitores.

Son 30 personas que se juntan al menos una vez a la semana. Un equipo multidisciplinario en el que cada uno aporta lo que puede. Lorna se ocupa de manejar las redes sociales y de coordinar las entrevistas, medios de todo el mundo quieren saber sobre estos hombres y mujeres que desafían a sus padres y a la justicia.

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Retrato de Lorna. Foto: (Vice.com)

– Papá es de 1927. Se metió en la Prefectura después del servicio militar. Él estudió morse porque hizo la especialización en radiotelegrafía. Lo que hacía era pasar mensajes, sé que siempre estaba en algún puerto.

Y en Puerto Pilcomayo, provincia de Formosa, nació Lorna en julio de 1966. Tenía nueve meses cuando su familia se trasladó a Buenos Aires para instalarse en Florencio Varela. Vivían en un barrio donde solo personal autorizado tenía el ingreso permitido. Todas las residencias eran iguales: “Parecía un set de filmación”, acota.

“En el mejor de los casos” las familias estaban compuestas por un padre, madre y un hijo que pudiera seguir la carrera militar. Lorna llegó al mundo siendo mujer cuando todos esperaban que fuera varón.

– Mi viejo había comprado la Enciclopedia General del Mar. Quería que fuera niño para meterme en la Marina. ¡Imaginate la desilusión cuando me vio!

Creció con eso, sabiendo que era una decepción, padeciendo la ideología machista de su papá, que en cada oportunidad le recordaba que las mujeres no servían para nada. “¿Ir a la facultad? Como mucho podrás ser maestra o casarte con un militar”, aseveraba.

Para el verano de 1977, el Golpe era un hecho. Casi no veía a su papá, que había sido ascendido a Suboficial de Comunicaciones y trabajaba en el edificio de Guardacostas en el bajo porteño.

Fue una adolescente retraída, callada, sin vida social. “Tu única amiga es tu hermana”, esa era la orden del Suboficial.

– Una noche llegó de trabajar y me encontró con que me había raspado las rodillas. Me preguntó cómo. No me di cuenta y le dije: “Estaba con una amiga andando en bicicleta y me caí”. Estalló el mundo. Empezó a los gritos, la increpó a mi vieja por dejarnos salir a jugar afuera, empezó a romper todo lo que tenía a su alcance. Un caos.

– ¿Por qué?

– Por el mandato de silencio. “Los otros son malos, los otros son peligrosos. ¿Queres que maten a tu hermanita?”, me preguntaba. No podía repetir nada de lo que se dijera dentro de esas cuatro paredes. Vivía en una burbuja nazi.

El miedo era disciplinador. Su casa era una muestra de lo que sucedía en Argentina: el terror y el silencio, cómplice.

En 1989 la democracia era joven y Lorna también. Cumplió 23 años, consiguió trabajo y se fue a vivir sola convencida de que no encajaba en su familia.

– Salí de la burbuja, conocí gente y entendí que mi crianza no fue normal. No era normal que los padres de los demás describieran torturas. Ni la burla, ni el goce cuando le pegaban a un hombre con barba. Tampoco el odio a los zurdos, a los comunistas ni a los putos.

Luego de varios años de terapia y “procesos personales” comenzó a cuestionar el rol que cumplió su papá durante la dictadura. No cuenta con información fehaciente sobre su accionar pero no tiene dudas de que fue participe.

– ¿Alguna vez le preguntaste a él?

– Hablé con mi mamá que me contó lo que sabía, ella jura que no tuvo nada que ver. Con él no tuve dialogo, cuando me fui de mi casa quise dejar todo eso atrás.

Consternada ante tantos recuerdos, prefiere no dar detalles sobre la identidad de su padre. Aclara que su propio nombre es “artístico”, su apellido verdadero se diluyó con el paso del tiempo.

Lloró cuando se enteró que la Corte Suprema le otorgó el beneficio del 2×1 al represor Luis Muiña, acusado de homicidio, privación ilegal de la libertad y la imposición de torturas a múltiples víctimas. Pensó en el retroceso que significaba y en los “hijos de puta” que podían quedar libres sin pagar por sus delitos. Por el momento, 118 condenados pidieron acceder a tal beneficio jurídico, entre ellos Alfredo Astiz y Luciano Benjamín Menéndez.

Conoció a Historias Desobedientes gracias a una nota que salió publicada en Elpais.com. Era sobre Analia, hija de Eduardo Kalinec, policía de la Federal acusado de haber actuado en tres centros clandestinos de detención: El Atlético, Banco y El Olimpo. Ella declaró en su contra, pero el tribunal desestimó su testimonio. La ley no lo permite.

Historias desobedintes
Historia Desobedientes marchando el 24 de marzo de 2018. Foto: (Deutschlandradio / Anne Herrberg)

– Laburamos todos los días para que no se cajonee el proyecto. Necesitamos que cambien los artículos 177 y el 242 para que nos permitan denunciar y declarar.

Historias Desobedientes tuvo charlas con diputados del bloque de Movimiento Evita, también con Victoria Donda de Libres del Sur. Están tratando de conseguir más reuniones, remarcando que el tema va más allá de cuestiones partidarias, que es algo que les compete a todos.

Además cuentan con el apoyo de organismos de Derechos Humanos como Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, H.I.J.O.S y Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas. Destacan la valentía de estos “chicos y chicas” rebeldes que se plantan y quieren hablar con la justicia de su lado.

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